
Esa obsesión mía por los objetos esta llegando a
limites absurdos. Me llevaría todo, me llevaría a casa detalles, piedras, juguetes
rotos, bolas de cojinetes desprendidas de skateboards abandonados y alguna cara
divertida. Me llevaría belleza y lo limpiaría con esa maravilla embasada en plástico
que hacen cerca de casa y que un amigo mío dice es altamente peligroso. Dice
que es acido nítrico y lo anuncian tan panchos en la televisión. Lo rebajan con
agua y ya esta. Luego lo secaría
con un trapo hecho de una camiseta vieja. He vuelto a casa con un hallazgo. Un
vinilo. El enésimo, amigo. Pero con el mismo cariño que si hubiera encontrado
una foto original de un fotógrafo ruso o de la misma ciudad donde estaba. Miro
una librería cerrada a la izquierda y me entristezco. Pero hoy no voy a
preocuparme por ello. Los cierres duelen. La muerte también y tengo un episodio
de mi ligera hipocondría. Es lo que tiene conducir la moto, que el casco te aísla
de casi todo. Eres ojos, eres reflejos en manos y pies para combinar marchas,
eres piloto. Pero la mente va libre, disparada, arriba y abajo en rápidos
cambios de objetivo por los que dejar fluir una imaginación que hoy se iba
acomodando como las pupilas a la luz ,una luz que se iba apagando en ese tono pálido
que solo septiembre tiene. El mar a la derecha, hoy se olía bien, muy bien. En
un nudo de autopistas pongo el intermitente al contrario de lo habitual y tomo
una carretera de curvas. El mar quedaba a las espaldas y el verde dominaba. El
verde de los viñedos que ya están a punto. He pensado que faltaba un punto de
calor de agosto, he sentido placer. He pensado que siempre añoramos lo que hace
solo unos días nos sobraba. Luego he adelantado a una furgoneta y he dado un
extra de velocidad a las curvas. Disfrutando cada viraje, aferrado al volante.
Casas de veraneo de principios del siglo XX abandonadas y nubes negras al
fondo, cerca de casa. Por suerte no me he mojado.
Amor propio CiUDAD
JARDiN